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Un universo sin palabras

Agosto 14, 2008

Mario Roberto Morales. En la conferencia que ofrecí para la clausura de la Feria Internacional del Libro de Guatemala (FILGUA), pude constatar una vez más la preocupación intensa que existe entre padres de familia y maestros ante la creciente incapacidad de sus hijos y estudiantes para leer durante más de diez minutos seguidos, y para entender lo que leen.

Como la educación formal sigue girando en torno al código letrado, la capacidad cerebral de analizar (descomponer en partes), sintetizar (recomponer las partes en un todo explicativo) y ejercer el criterio (ser crítico de lo que se lee), es imprescindible de desarrollar como parte básica de la formación académica, pero el estudiantado ya no es capaz de hacerlo.

Erróneamente, los maestros se echan encima la angustiosa responsabilidad de remediar este problema (que, por otra parte, es planetario y no sólo local), sin percatarse de que su solución trasciende el aula, pues sus orígenes se encuentran en el hecho concreto de que los jóvenes constituyen el más importante segmento de mercado desde los años 50, y la publicidad los ha bombardeado mediante la saturación mediática de textos audiovisuales durante ya más de cuatro décadas, habiendo logrado con ello alinear en las filas del consumismo a los jóvenes de los años 60 (mediante la cultura rockera), a los niños preescolares y escolares de los 70 y 80 (con programas “educativos” como Plaza Sésamo), y a los bebés de los años 90 (mediante shows como los Teletubbies). Y con ello ha deteriorado la capacidad cerebral necesaria para procesar el código letrado en millones de personas.

Esta exitosa estrategia de mercadeo determinó cambios enormes en las mentalidades de estas generaciones, pues su cerebro se acostumbró a los mensajes cortos y efectistas envueltos en imágenes coloridas y sonidos estridentes que se suceden con una velocidad que imposibilita al cerebro procesarlas, por lo cual tanto los sentidos como el cerebro reciben pasivamente los mensajes de la publicidad y el entretenimiento. Unido a la brevedad de los mensajes, está su carácter fragmentario e inconexo, lo cual implica una difuminación de las jerarquías cognoscitivas y, con todo, la imposibilidad de interpretar analíticamente la información histórica que sobre el mundo se recibe.

Cuando los niños llegan por primera vez a la escuela, han ya consumido miles de horas de televisión y, por lo tanto, tienen el código audiovisual interiorizado de tal manera, que el aprendizaje del código letrado se les hace más difícil de lo normal. Esto, también porque el código letrado debe descodificarse antes de poder sentir las emociones que transmite, mientras que el código audiovisual primero provoca esas emociones y sólo después se puede descodificar si es que a la persona que lo consume le interesa hacerlo, lo cual casi nunca ocurre.

El sistema educativo ha caído en el error de intentar sustituir el código letrado con el audiovisual en el aula, impulsado por el imitación acomplejada de modas de mercadeo impuestas por los fabricantes de computadoras y programas informáticos, sin percatarse de que el recurso audiovisual puede de hecho ser muy útil en el aula, pero sólo como auxiliar (y nunca como sustituto) de la cultura letrada.

La sustitución de ésta por aquélla provoca, como vimos, un asesinato de la inteligencia o intelicidio, pues causa una atrofia cerebral que impide leer y que hace a los jóvenes recurrir a la gestualidad y a las interjecciones para comunicarse, debido a que ya viven en un entretenido universo sin palabras.

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