Poemas de Steven F. White
Diciembre 22, 2008
Por  Steven F.White
Después de la cosecha
Agachados, y con sus machetes cantando
paralelos a la tierra, ¿cuántos puñados de tiempo
logran limpiar cada hora de cada dÃa, de cada vida?
Con esos brazos bien afilados sonando
trabajan en los cafetales como si cada tronco
fuera el cuello de un ser amado.
Por sus manos
aprendà a conocer a los nómadas
de este ejército imprescindible
sin amparo, sin casa.
Esparcidos en el campo, perdidos
entre la maleza, sus dedos amputados
siembran sus raÃces en lo finito.
Pascua en EstelÃ
Ninguna mano empujó la piedra de la crÃptica alborada.
CorrÃa la sangre sin milagros ni ritos finales.
Mi rabia naciente ardÃa bajo Torres de Lo que Fue:
se olÃa el humo que ascendÃa de los muertos.
El fantasma en el rÃo
  A José Coronel Urtecho
El anciano sostenÃa un libro abierto
en el cÃrculo de los años que se cerraba.
Se sentaba en una mecedora azul cercana al rÃo,
resistiendo la corriente de su memoria.
¿Era más peligroso olvidar o recordar?
¿Cuál era peor, olvidar
lo que habÃa hecho, o recordar
haber hecho algo que nunca hizo?
De repente, al ir tanteando por los pasajes sin luz
de estas preguntas, el anciano se asustó
cuando levantó los ojos de las páginas amarillentas
llenas de túneles de insectos
que él mismo habÃa escrito hace décadas.
El fantasma subió de la superficie del rÃo,
queriendo encarnarse, pero permaneció transparente
para los sueños verdes de la selva.
Pero no, no fue el fantasma del tirano
que el anciano habÃa ayudado a escalar al poder
cuando era joven y creÃa
que una mano fuerte debÃa modelar el mundo.
Ni tampoco fue necesariamente
una proyección del anciano,
imaginando cómo, muy pronto, iba a entregar
sus átomos a un rÃo que desintegra
toda historia personal y conduce a los demás
viajeros muertos: aventureros, contrabandistas,
especuladores de tierras, madera, plátanos y ganado,
evangélicos, cazadores de tiburones y animales silvestres,
exportadores de monos y loros,
botánicos e ingenieros que soñaban
con la garganta de esta tierra y la gloria
y la fortuna de cortar un canal entre océanos.
¿Quién, entonces, era ese fantasma flotando sobre el rÃo?
El rápido tránsito de los años
se habÃa llevado los nombres
de las orillas del cerebro del anciano.
Pero sà se acordó que el fantasma
habÃa gozado de fama en la vida
como el autor de una novela
sobre un muchacho y una balsa
en otro rÃo, y que el fantasma habÃa pasado
por este sitio un siglo antes.
Mark Twain, murmuró el anciano.
Cuando pasó por el rÃo
en su viaje de San Francisco a Nueva York,
no habÃa nacido todavÃa mi madre,
ni existÃa la hacienda San Francisco del RÃo.
Las páginas del libro en el regazo del anciano
se agitaban en el viento. HabÃa escrito sobre Twain
con fragmentos de las cartas que redactó
en su viaje por el istmo:
iluminadas cataratas de enredaderas,
prodigiosas cascadas de hojas brillantes tan ajustadas
las unas con las otras como escamas de un pez.
Admiró a Twain por haber sacado de los rÃos partÃculas
para crear no el rostro del autor
sino los rasgos de una cultura entera
que el anciano habÃa adorado
por encima de la suya durante tantos años.
HabÃa otros fantasmas acercándose ahora,
abandonando la neblina del rÃo,
flotando sobre la tierra sembrada
hacia la casa de la finca,
la terraza, la mecedora azul
donde el anciano contempló
sus buenas intenciones, sus memorias falsas
y la insurrección que se negaba a morir
mientras el hijo del tirano permanecÃa.
Los nuevos espÃritus
que el anciano ya no podÃa excluir de su ensueño,
estaban por fin ante él—
siete guerrilleros sin armas,
casi desnudos y hambrientos,
empapados por la lluvia y el rÃo,
delirantes, rasgados por espinas,
heridos de balacera.
Después del ataque sorpresivo en el cuartel
evitaron las tropas del tirano y los helicÂópteros
durante tres dÃas y tres noches.
Estos hombres y mujeres sobrevivieron,
y buscaban refugio
en este anciano y su última
visión de la historia.


Le falta fuerza y nervio e estos poemas. Si quiere escribir como los poetas nicarguenses, digamos CMR, Gioconda Bell , Francisco de Asis, Blanca Castellon, para nombrar unos poquitos, debe asimilarlos. Son como poemas mal traducidos de otra lengua la castellano. Hay algun buen verso, pero eso no basta. Falta garra y locura poetica, y eso no es facil. De lo contrario es versificacion facil. Cualquier escribe asi. Siento ser dura.
Estoy de acuerdo, falta fuerza, pasion.. son como una narrativa reflexiva, pero no siento que me estremezcan.
Si hay figuras bonitas, pero es como ver un cuadro, y no ooder meterse adentro y sentirlo.
Es un poeta norteamericano no tiene que copiarse de nadie menos de poetas malos como chichi, se nota que no han leÃdo más alla de la provincia nica. Steven es el mayor estudioso de la literatura nicaraguense y el mayor traductor de darÃo. les recomiendo leer buena poesÃa para que sepan distinguir la mala. CMR Y Giconda se salvan por supuesto de esa listita de nombres que mencionan.